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| Cerati, entre lo masivo y lo elitista |
Fecha: 12-10-2003
Autor: Sebastián Espósito
Medio: La Nacion |
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Con mucho frío, en la primera noche del Quilmes Rock 12 mil personas vieron al ex Soda Stereo y a otros grupos
No ayuda el frío. Promedia el show de Virus, el termómetro araña los 10 grados y atenta contra el clima apenas festivalero de la primera jornada del Quilmes Rock, un encuentro al que concurrirán, a lo largo de siete noches, varias de las bandas y solistas más convocantes de la escena local, incluidas las visitas de los mexicanos Café Tacuba y los alemanes Die Toten Hosen.
Inmutable, el Monumental de Núñez mira asombrado lo que ocurre a metros de su estructura de cemento. En un espacio bautizado como la cancha auxiliar de River -allí donde se disputó la Copa Davis- van llegando lentamente las 12 mil personas que vienen a ver a Gustavo Cerati y, en menor número, a quienes lo preceden: Los Siete Delfines, Virus, Leo García y Emmanuel Horvilleur. El paro de colectivos y el clima poco primaveral atentan contra el comienzo del festival que, al cierre de esta edición, continuaba con La Mancha de Rolando, Las Pelotas y Ratones Paranoicos, entre otros, y que hoy contará con la presencia de Dante Spinetta, Mimi Maura, Luis Alberto Spinetta y Divididos.
Luego del tonti pop de Miranda -que marcó el cierre del segundo escenario-, Emmanuel Horvilleur salió a ganarse rápidamente a las 5000 personas que se encontraban en el predio alrededor de las 20.30. De impecable traje blanco -tanto el ex Illya Kuryaki como su banda-, el flamante solista arremete con las canciones de su nueva etapa. Primero "Música y delirio", luego "Té de estrellas" y en tercer turno el difundido "Soy tu nena". Sabe Emmanuel que en los festivales la fórmula es salir a matar de entrada y por eso se muestra lo más soul y funky posible. El canta, la gente empieza a moverse y la banda, sin llegar a ser una orquesta, ensaya algunos movimientos al mejor estilo Kool and the Gang. Luego, con "Hermano plateado" y "Sicodélica cumbia", se desata el baile, llegan los primeros aplausos de la noche y queda flotando la sensación de que, con el tiempo y más horas de vuelo, Horvilleur y sus músicos obtendrán un lugar importante en la escena porteña, gracias a ese cóctel de actitud rocker y sonidos amplios, que desfilan por el R&B, el funk, el soul, más algunas pizcas de colores latinos.
Con su banda, Imparciales, Leo García toma la posta. Lleva su clásica gorra, un sobretodo negro y debajo de él una remera con... decenas de lenguas stone -100 por ciento actitud-. Canciones de "Vos", su más reciente disco, y en menor medida de "Mar" completan el set elegido por el cantante de Moreno apadrinado por Gustavo Cerati, algo que Leo dejará bien en claro más adelante: "A seguir la noche que ya llega papá", dirá. El frío es profundo y, a esta altura, parece que sólo los clásicos de Virus pueden ser capaces de establecer un clima más acorde con el festival. Claro que llega "Morrisey", el caballito de batalla de Leo García, seguido por "Reírme más", cantado con parte de los Miranda y el público, en su mayoría sub 20, empieza a responder.
Suena "Pecado para dos", señal de que una de las bandas emblemáticas de los años 80 ya está en escena. Virus tiene 45 minutos por delante para meterse en el bolsillo a estos chicos que no los vieron en su apogeo, con Federico Moura a la cabeza, pero que los conocen por La Mega. "En una actitud de falta de respeto para con nosotros, que tenemos 25 años de carrera, no nos dejaron colgar nuestras cosas. Teníamos una gran escenografía preparada y si estamos acá sólo es por ustedes", dispara Marcelo Moura, desnudando algunas fallas de la producción. Con aplomo y bastante más potentes que sus antecesores, los Virus sacan a relucir su experiencia y su repertorio de clásicos. En algo más de 45 minutos se sucederán, entre otras canciones, "Imágenes paganas", "Pronta entrega", "El probador", "Agujero interior" y "Wadu wadu". Y si el estigma de la banda sigue pasando por tapar el hueco enorme que produjo la pérdida de su carismático líder, en el capítulo de la noche del viernes lograron salir airosos de éste y de otro desafío, el de no caer en la melancolía. Referentes de buena parte del nuevo pop local, ellos compusieron las canciones que hoy otros desearían moldear, como Adicta y Miranda, por ejemplo.
A la espera del ex Soda
Testigo de lujo, la luna sigue de cerca la primera de las siete noches del Quilmes Rock. Cara pálida, cresta new romantic, el último vampiro del rock local continúa con el programa. Richard Coleman -más flaco que nunca- y su banda, Los Siete Delfines, vienen a cumplir con su rol de herederos del dark. Conscientes de que sus canciones están lejos de ser festivaleras -más bien sugieren climas densos y claustrofóbicos, ideales para espacios cerrados-, salen a rockear con las guitarras bien al frente y con un sonido potente, sin fisuras, aun cuando soportan los mismos problemas técnicos que tuvieron los demás y que también sufrirá Cerati. "Vamos a despedirnos para darle paso a nuestro amigo", cierra Coleman, conocedor de quién había movilizado a la gente hasta la cancha auxiliar de River.
Cuando suena "Cicatriz", veinte minutos antes de la 1, no sólo arranca el show de Gustavo Cerati y su banda más electrónica (Leandro Fresco, Flavius Etcheto y el DJ Javier Zuker, además de Pedro Moscuzza en batería, Fernando Nalé en bajo y Loló en coros), sino también el recuerdo de que seis primaveras atrás el cantante cerraba el ciclo de Soda Stereo del otro lado, en un Monumental atestado de fanáticos. Ahora, con las canciones del álbum "Siempre es hoy" -además de repasar "Amor amarillo" y "Bocanada"-, la sensación es que su propuesta tiende a cerrarse cada vez más, con el riesgo que representa para el mayor exponente del pop argentino la posibilidad de volverse elitista. "Cosas imposibles", "Karaoke" (con Capri, muy resistido por parte del público) y "Puente" conmueven a un público fiel y devoto y las canciones de Soda Stereo "Danza rota", "Sobre dosis de TV" y "A un millón de años luz" entregan los momentos más cálidos de una noche de octubre nada primaveral. El Monumental lo mira de reojo a Cerati y quizás es la mole de cemento la que anima a la gente a cantar "Volveremos a ver a Soda". Un rato después de las 2 cierra el primer capítulo de un festival que promete mucho más y que si bien no tuvo un comienzo estridente terminó redondeando una buena imagen.
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