| Cómo fue el otro adiós de los Soda |
Fecha: 22-09-1997
Autor: Vivian Urfeig
Medio: Clarin |
 Artículo sin Foto
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INTIMIDADES DE LA FIESTA POSTERIOR AL ULTIMO CONCIERTO DE LA BANDA
Familiares, amigos y unos pocos famosos le dieron a la banda una última despedida, en relativa intimidad. Ellos estuvieron juntos, pero separado
Pasadas las dos de la mañana trescientos invitados especiales se reunieron para el último de los brindis en el microestadio cubierto del estadio de River. Juntos pero separados, Gustavo Cerati, Charly Alberti y Zeta Bosio repartieron abrazos y besos a los íntimos en un clima distendido, lejos del vértigo emotivo que habían palpitado arriba del escenario.
Es que para ellos la recta final empezó hace rato. A pesar de los desacuerdos y los roces que los llevaron a la separación, se regalaron un abrazo triple en la intimidad de los camarines, lejos de la mirada de los demás. Fue antes y después de subir a escena y es una imagen que seguramente se llevarán grabada para siempre. Porque en los conciertos anteriores, salvo en el de Chile, no habían vivido un momento de semejante intensidad.
En esta reunión puertas adentro, la descarga de afecto corrió por cuenta del entorno de cada uno. Ellos ya se habían despedido. Era tiempo de recibir.
Gustavo, Zeta y Charly se rodearon de los que más quieren: la familia, los amigos, los técnicos y operadores con quienes trabajaron durante años. No hubo brindis conjunto, discursitos ni despedidas. Y a nadie se le ocurrió pedir el clásico "A ver, unas palabras!".
Fue llamativa la ausencia de figuritas conocidas y a la vez, un dato (ningún detalle) que habló del clima que se vivió después del show. Coincidiendo con la actitud constante que tuvo Soda de apadrinar bandas nuevas, un puñado de músicos under se acercó al lugar al que sólo se accedía con una invitación especial. Entre los pocos famosos estuvieron Bahiano, de Los Pericos; Marcelo y Julio Moura, de Virus; la modelo Natalia Graziano y la cantante y actriz Divina Gloria.
Charly fue el primero en cambiarse y acercarse a la zona reservada para los saludos. De pantalón de jogging, zapatillas y campera prefirió festejar por el futuro y dejar atrás el pasado que hacía instantes había hecho estremecer a miles de personas. El baterista se reunió con sus nuevos compañeros de trabajo: la gente de Apple e Interserver, las compañías de computación con las que encara su presente después de Soda.
En una ronda y a los saltitos, festejaron abrazados los resultados de la transmisión del show por Internet: el primer gran paso que da su empresa y que coincide con el último gran paso de la banda. "Fue muy grosso, hubo más de cien mil conexiones, cosa que hasta ahora nunca se había logrado en todo el mundo. ¿Viste qué copada la empresita que armé?", disparaba al tiempo que firmaba mecánicamente las espaldas de dos fans que habían logrado colarse en el festejo VIP.
El entusiasmo por lo que está por venir fue mucho más fuerte que lo que había pasado media hora antes, frente a la multitud. "Esto me superó, me voy ya", dijo. Y desapareció rumbo a otro festejo, aún más íntimo.
Zeta, en cambio, cargó con el peso del adiós toda la trasnoche. "Mis amigos me llaman para ver cómo estoy, cuánto me pega todo esto. Hay mucha expectativa. Siento que a partir de ahora cambio de estado civil", dijo con una cuota de alivio y se refugió en el abrazo que a toda hora tuvo para darle Silvina, su mujer. Para el tercer tiempo, el bajista optó por un look deportivo: jogging, campera y gorrita de béisbol, todo marca Adidas.
Más elegante, Cerati se calzó un saco de pana y no paró de sacarse fotos con primas, tías, sobrinas y los colados de siempre. Ni las constantes palmaditas en la espalda impidieron que el cantante registrara el momento en una camarita del tamaño de una latita de gaseosa que compró en el free shop. "Es una obviedad, pero qué se puede hacer si no filmarlos", había confesado después de Zoom, pasando la mitad del recital.
Las baterías y el entusiasmo con el chiche nuevo le duraron hasta la madrugada. Cerati quiso llevarse a casa algo más que un recuerdo de gente abrazándolo. Y logró un documento que dentro de un par de años tendrá otro valor: el backstage del backstage. Sobredosis de TV.
Pasadas las tres y media de la mañana Cecilia Amenábar, la esposa de Cerati, logró arrancarlo del gentío. Era hora de dejar atrás el estadio y terminar de brindar en otro lugar.
A esa altura sólo quedaban vasitos de plástico con restos de champán tirados en el piso y paquetitos de carilina aquí y allá. Signos de un final anunciado pero no por eso menos intenso.
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